Por: Valentina Giraldo Sánchez desde Colombia | Cobertura colaborativa.

Una mola es una pieza textil tradicional que se realiza principalmente por comunidades indígenas entre Panamá y Colombia. Las molas están hechas con diferentes capas de tela que van dibujando en diferentes colores una forma compleja. Querido diario de viaje, hoy, después de sentirme perdida empecé a llegar a terrenos familiares. Hoy el viento me condujo más al sur, a la selva que tapona y que impide el paso de la carretera panamericana: el Darién. Fue gracias a PANQUIACO.

En este largometraje dirigido por Ana Tejera nos unimos a una voz que dibuja la historia de Cebaldo, quien hace varios años deja Guna Yala para trabajar como asistente de pesca en Portugal. Cuando pienso en esta película pienso en las molas de las mujeres en Guna Yala. La temporalidad de PANQUIACO se parece a esa construcción textil, diferentes capas se superponen, dialogan, unidas forman una sola figura. La figura es compleja, está tejida, toda junta nos cuenta una historia. Para hacer una mola se necesita paciencia, coraje y mucha práctica.

Hoy mi barco que se detuvo y se quedó trancado en los sedimentos de esta tierra. En la película, la temporalidad de hilos retorna y retorna a la tierra del origen, a las historias del origen real y del origen de los colonizadores. El supuesto descubrimiento de tierras por un español, tierras que PANQUIACO había dibujado antes con sus pies.

En Guna Yala el tiempo funciona diferente, el tiempo se mide en el canto.

Cenaldo extraña su tierra, la recuerda en la voz y en la mola giramos entre Portugal y Guna Yala. En Guna Yala el tiempo funciona diferente, el tiempo se mide en el canto. Entre recuerdos y pedajos tela cocidos, se va armando la figura de un mapa mental en el cual se llora el territorio y se evoca con el cuerpo resonante. De esta película puedo decir que es un canto, un canto profundo, corporal. El tiempo y la distancia de Guna Yala a Portugal se recorre en decibeles, y sé, que entre más profundo el sonido, que entre más enterrado y antiguo sea, más cerca estamos del Darién.

En Guna Yala, entre la imposibilidad de volver al pasado y esa tierra que pareciera no regresar, nace un recuerdo: Un hombre se baña con plantas, las plantas se pegan a la piel. Las plantas se pegan a los pies, los mismo pies que guardan los pasos de Panquiaco y el descubrimiento marítimo del español Balboa. Un hombre dice: “con la ayuda de las plantas puede recuperar su memoria”.

Debo irme para seguir mi viaje pero no quiero, me asusta alejarme decibeles que excedan mi voz. Los pies se me mojan de este mar del sur, el que supuestamente encontró Balboa y Panquiaco había recorrido antes. Estas aguas del sur son las mismas aguas del norte, también las mismas que están en la otra orilla, en Europa. No me quiero ir, pero si me quedo también sería parecido a huir. Porque aunque no quisiera, el viaje en mi barco es global, y recibe noticias de un mercado global, un mercado pesquero en Europa.

Antes de irme, quiero dejar estos cantos a PANQUIACO:

Vengan espíritus, salgan de la tierra, abracen nuestros cuerpos cansados, devuélvannos a las aguas de cuya profundidad nacimos para vernos reflejadas. Les concedo mi aliento, para que canten a través de mi, para que narren en mi cuerpo. Para recordarles cada vez que me vaya de este pedazo de tierra del sur en el que nací, entre el Darién y el Amazonas.

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