Por Esmeralda Reynoth desde Argentina | Cobertura colaborativa

Las historias pueden comprender tantos lugares posibles que ensamblar barcos y pinturas puede dar como resultado trayectos que parecían extraños. Esto y más es lo que logra Carreño, una película en la que la historia de James Abbott McNeill Whistler se va cruzando con su propia interpretación de la vida.

La directora se extiende, y abraza como a un padre al pintor; y todos esos paisajes tienen la misma profundidad de las pinturas que nos va describiendo. Pinta con recursos variados su propia historia: archivo de video, voces en off de películas, planos fijos que lee con cuidado. Carreño contempla, no mira. Es como si estuviera sentada desde la orilla del mar relatando una historia a sus nietos. No obstante, al mismo tiempo el jazz, y el navío, dan un dinamismo entre imágenes abstractas que tiñen con luces el plano de una cámara que se mueve al ritmo de las olas. 

…una película que se mueve en el tiempo, en la historia y en una geografía que logra teñir orgánicamente cada fotograma…

Whistler nació en Estados Unidos en 1834, en su infancia vivió entre su país natal e Inglaterra, Francia e incluso Rusia. En 1866, en plena guerra entre Chile y España, Whistler decidió viajar a Valparaíso, donde permaneció por seis meses. Ese viaje es el que mueve todo el hilo que teje Carreño. Valparaíso y la Antártida dan como resultado una película que se mueve en el tiempo, en la historia y en una geografía que logra teñir orgánicamente cada fotograma. Las obras del pintor, el mar que se mueve despacio y que la directora mira como si fueran pinceladas nos guían por su museo creado con su voz que llena de cuentitos o datos, todo el espacio. 

Si yo pudiera decirte algo, diría: 

Sos vos Claudia, una especia de guía museística que nos pasea por un barco que navega, sos vos y tu apreciación sobre los cuadros de un lejano y extraño pintor. Te escucho y tu vocecita suave me va llevando, yo creo que no miras, sino que siempre estás contemplando. 

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