Por Esmeralda Reynoth desde Argentina | Cobertura colaborativa.

La cosa y la cosita [Biocrítica]

COLECCIÓN PRIVADA (2020) de Elena Duque

El año pasado murió alguien a quien yo amaba. No pude hacer el duelo porque tenía que ir a trabajar al otro lado del continente, pero cuando volví parte de mi misión fue sacar todas las cosas de la casa. Así, a las semanas estaba en Santa Cruz. La casa contenía aproximadamente diez mil libros, toda clase de contenido: decime qué necesitas porque debe estar. En la biblioteca del living se encontraban, además, una colección de piedras geoda, boleadoras y otras de colores. Habían flechas de obsidiana, dientes de los chicos de cuando eran pequeños y souvenirs de todos los viajes realizados. Todo tipo de elemento extraño para abrir cartas o guardar cositas dentro de cositas. Querés leer Condorito, Asterix y Obelix, Historia o Mente y Cerebro, en casa, están.

Además, en las habitaciones, solo en una de ellas, se conservaban en perfecto estado 243 latas de todo tipo, traídas de aquí y de allá. Pequeños bichitos disecados por toda estantería que estuviera por allí; el primer regalo del día de la madre, del padre. El collar intacto enviado en 1996 de Tikal. Las fotos, álbumes completamente llenos de fotos. La de los viejos cuando llegaron de Praga, las del chaco, las Ituzaingó, las de Mendoza, cientos y cientos de fotos. Los retratos en la pared y una moneda de cerámica de 10 kilos con la cara de Perón. Un té de 1984 (yo aún no había nacido) y miles de mapas que viven solos en el departamento de atrás, algunos comprados en el momento y otro poco, pedidos por correo. Cuchillos, navajas y tenedores. Vinos, cajas de vinos del año del ñaupa. Y así, podría seguir enumerando sin parar. 

COLECCIÓN PRIVADA es un activo de la memoria sobre los objetos, un centro, un delicado visionado de objeto en la mano, animado e inanimado pero dinámico de nostalgia, de amor, del valor de lo otro, lo que está hecho de otro material, acaso de las cosas que nadie se lleva con la muerte pero que dejan en el espacio un lugar permanente de reencuentro. 

Si no hubiera sido por la guerra. 

OBACHAN (2020) de Nicolasa Ruiz

Todo puede ser nuestro, y todo puede ser arte. Todo puede ser recuerdo, siempre y cuando alguien lo tome como uno. Así aparece OBACHAN de Nicolasa Ruiz, como la identidad nostálgica de una niña que en su voz adulta dice sin miedo, nunca me enamoré. Fundida en un paisaje que luego se convierte en animé, quizás porque no hay otra forma de contar el desarraigo y sobre todo, no haber amado: la caricatura llora.

Obachan se arma en la vorágine entre Tokio con su ritmo acelerado y largos zoom outs de paisajes de montañas y mar que al poco tiempo son panorámicas postales. No sé si esta es una historia triste o de superación; pues el amor, al fin y al cabo, es una construcción social, y por tanto, también puede ser un privilegio. 

Ruiz es una cazadora, hace propio lo que no lo es y transforma a su personaje en costa, agua y tierra. Le da una identidad a la muchacha de 17 años que debió dejar todo para inscribirse en una realidad ajena.

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