Por: Valentina Giraldo Sánchez desde Colombia | Cobertura colaborativa

Hoy es el día 6. Observo detenidamente el barco en el que viajo. Es blanco, de metal y de madera. Tiene una línea azul debajo de una línea roja pintada a los lados. Ya que ha dejado de llover, puedo observar con mayor calma mi vehículo pesquero. Normalmente solemos ver a las obras terminadas y difícilmente reflexionamos en los procesos de producción. Hoy, pensé en el primer día de este diario de viaje por la competencia latinoamericana. Apareció de nuevo en mi cabeza la reflexión de Farocki sobre las fábricas. Difícilmente vemos la fábrica pero casi siempre vemos todo lo que sale de ella, incluyendo a lxs trabajadorxs.

Hoy, diario, el barco me llevó a MASCARADOS, la última película de Marcela Borela y Henrique Borela. Hoy que puedo ver más detenidamente mi barco me pregunto por las manos que fundieron el metal y que pusieron los tornillos que le dan forma a este vehículo. Todo eso es conducido por MASCARADOS, que reflexiona en la historia de Marcos, Marciley, Vinicius y Capivara trabajadores de una cantera en Pirenópolis. De manera paralela vemos desarrollarse los preparativos para una festividad popular en donde se suele ir con máscaras. Inmediatamente vemos a la montaña romperse, pasamos a la imagen de un hombre pintando máscaras. Un toro de yeso con cuernos largos, líneas azules y rojas, como las de mi barco.

La inmersión a este universo que nos presentan Marcela Borela y Henrique Borela se entreteje como unas manos que se juntan. Unas manos que tocan los instrumentos del trabajo. Unas manos cansadas. Ese año se ha definido que se debe ir con una identificación a la festividad popular. No se permitirá la entrada de personas que no vayan identificadas. Identificarse es entrar en el lenguaje oficial de un sistema, identificarse en los marcos de un número y una clase social. Marcos, Marciley, Vinicius y Capivara retan esa norma. Y aún sin identificarse, van con los rostros cubiertos.

En MASCARADOS, la ficción se vuelve aflicción de una vida común atravesada por la maquinaria violenta del sistema de clases. Mientras acontecía en la película (que al mismo tiempo era acontecer sentada en la orilla mirando mi barco pesquero) pensé en que todo esto quizá sea un cine-hueco. Se trata de una cinematografía que busca darle espacio a los huecos terrenales, a esos vacíos, a la boca grande de la montaña explotada y la boca grande del grito liberador. Pensé también que en la necesidad de hacer una crítica ahuecada, escribir de lo que no se escribe. Hacerlo en consonancia con ese cine ahuecado, el cual filma lo que no se filma.

A H U E C A R L A E X I S T E N C I A

D I S L O C A R S E D E L S I S T E M A

Entre el rostro común y pintado que grita un gol en un partido, los bailes con el rostro cubierto, el trabajo no remunerado y el territorio, ésta película se abre como un gran hueco, como una gran boca que canta.

Llegando al final una imagen: Uno de los hombres corre, en medio del bosque, libre, ya sin máscaras.

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