Por Grecia Juárez desde México | Cobertura Colaborativa

-¿Cuánto tiempo llevas en el grupo?

-¿Yo? Desde 2001…

Entre el sonido de las cucharas removiendo el café, mesas llenas de papeles, libros y galletas, un grupo de adultos mayores se reúne junto a las ventanas que dan a la calle, en una cafetería. Si los libros son refugio, la lectura en conjunto debe ser un hogar.

Marcel Proust tardó 14 años en escribir los siete tomos de su novela En busca del tiempo perdido, aquella que, alguna vez me contaron, se titula así porque mientras la lees, has invertido tanto tiempo que cuando lo notas, te preguntas a dónde fueron las horas que te tomó la lectura. Puede ser por lo relativo del tiempo, que este grupo de veteranos lleva más de 16 años reuniéndose religiosamente para leer en conjunto y analizar cada párrafo de esta obra interminable.

Se turnan para realizar la lectura, mientras los demás la siguen en sus propias hojas; debaten sobre los amoríos o desencantos del personaje y hacen pausas a su antojo para vincular lo que han leído con sus propias filosofías. Es tal el grado de familiaridad, que en sus vidas encuentran guiños de lo que relata el libro, como una mujer que cuenta solo le dieron magdalenas durante su estancia en el hospital.

En el camino surgen los temas del amor, la muerte, y frecuentemente se cuela el nombre de Albertina, uno de los personajes que todos afirman conocer bien; pero cuando alguien se atreve a preguntar qué ocurre al final, porque no lo ha leído, otro le anima a que continúe o se perderá la magia. Después de todo, qué sentido tiene que te cuenten la película o que te resuman el libro.

Vistos desde todos los ángulos posibles, de lejos, a través de la ventana, desde el interior de la mesa y en blanco y negro, el manejo de la cámara nos hace saber que ellos son el alma del café, donde también los mira con curiosidad, y cierta familiaridad, uno de los meseros, como probablemente todos los haríamos si nos topáramos con ellos.

La lectura es su ritual, pero lo que pasa antes o después también es enriquecedor: mientras escuchamos sus charlas en lo que esperan a que lleguen los demás, notamos que para algunos la relación ha traspasado el círculo lector y disfrutan de sus compañías. Formaron un sentido de comunidad por medio del arte, el hilo conductor de los dos trabajos de María Álvarez; pues si en este documental muestra el amor por la literatura, en LAS CINÉPHILAS (2017), evidentemente, lo hace por el cine.

Ante nuestros ojos, estas personas con las que sentimos hemos compartido un café, concluyen la hazaña de leer los 7 libros; dejan caer las hojas, se dan un aplauso y en seguida anuncian: “den la vuelta a la página y comenzamos de nuevo”. Algunos momentos antes, uno de ellos mencionó que cada vez que relees un libro la experiencia es diferente. Esta vez, a través del trabajo de Álvarez, fuimos testigos de un lenguaje que no se repetirá.

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