Por Grecia Juárez desde México | Cobertura colaborativa

La selva atrapa a quienes se aventuran a cruzar sus inexistentes caminos; la selva hipnotiza con sus sonidos, sus lagos, incluso con el clima húmedo. En las profundidades de una selva maya, un hombre se monta en un árbol para marcar con un machete los lugares por donde irá escurriendo una especie de líquido blanco, que luego se convertirá en chicle. Al mismo tiempo, escuchamos advertencias sobre la selva: “aprende a escuchar lo que no puedes ver”, que tus miedos pueden atravesarse delante de ti o que no seas tan arrogante al intentar cruzar el corazón de la naturaleza. 

Pero además de lo onírica que pueda llegar a ser la jungla, lo que descoloca más al grupo de hombres que están ahí para realizar la producción de chicle, es la llegada de una joven beliceña, vestida de blanco, cuyo idioma no hablan y por lo tanto no se pueden comunicar. Como si fuera un descubrimiento, los hombres la miran en cada movimiento y la asumen como parte de su cargamento, aunque con cautela, porque sospechan que ella podría ser Xtabay, una diosa de la selva que puede llevarlos a su perdición o a la muerte. Así, con más curiosidad que miedo, cada uno muestra, a su manera, el deseo de poseerla, pero es posible que ella ya se les haya adelantado en esta tarea y sean los trabajadores quienes terminen envueltos; después de todo, eso le recomendó su amiga antes de separarse, cuando le dijo: “si yo fuera tú, hubiera dejado que él pensara que tiene el control, al principio, y luego yo lo hubiera tomado”. 

A pesar de que la historia gira sobre el grupo de trabajadores, a estos se les ve en muchas ocasiones a la distancia, como un acompañamiento más que como los protagonistas, quien toma ese papel es la misma selva que con su oscuridad y sus misterios deja de ser la locación de la película y establece una dualidad con la presencia de la joven. Por más que el humano quiera disponer de la naturaleza, será esta quien siempre tenga la última palabra. 

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