Por: Valentina Giraldo Sánchez desde Colombia | Cobertura colaborativa

Hoy es martes y no deja de llover, el pobre barco pesquero se avería y amenaza con hundirse en el mar lleno de peces gato gigantes que comen pianos. Para iniciar con la entrada de este día, dos imágenes: el arcano 16 del tarot Rider Waite (La torre) y las impresiones de seriados de fuego en LOS CONDUCTOS:

LOS CONDUCTOS no es un lugar donde mi barco pesquero y viajero se detenga. Esta película es como ese momento constante de espera en el barco, de observar en busca de tierra firme. La no tierra en la que no puedo posar mi no barco (después de todo es inventado), es como un estar fuera de campo constantemente. Algo así es la forma de la mirada que nos presta este filme, es estar fuera de cualquier espacio en el cual hacer raíz.

LOS CONDUCTOS es el último trabajo del realizador colombiano Camilo Restrepo. La película es doble, incierta. Como recibir en un puente de Bogotá la publicidad de un consultorio de brujería, un papel que doblas y vuelves a doblar y vuelves a doblar y doblas una vez más para guardarlo en el bolsillo. La historia, entre tantos pliegues de tinta del papel periódico se confunde y se repite. De esta película podría decir que es sobre la violencia o sobre la droga o sobre el capital o sobre el escape o sobre los huecos en las calles de Medellín o París. Podría mencionar muchísimos adjetivos e intentar precisar en algún orden del relato. Los pliegues dobles permiten especular historias y reflejos. Como son tantísimas la posibilidades me centraré en la sensación.

Andar esta película es como subir a un páramo. El paisaje de manera imperceptible, va cambiando hasta que se llena todo de humedad, frailejones y niebla. En los páramos nacen muchos ríos, al observarse en uno de los cauces pequeñitos de los nacimientos de agua, la cara se desfigura. La película también se desfigura en una corriente fluvial que más bien pareciera ser una corriente de sangre. Los conductos sanguíneos de un cuerpo expectante, palpitante. Tinta roja del fuego, de la sangre, de la publicidad del consultorio de brujería. Conductos del corazón, de las venas del cuerpo y de las tuberías de Medellín. Conducto del cañón de la pistola de Pinky, uno de los personajes.

Esta es la ópera prima del realizador, y los ecos con trabajos pasados no se hacen esperar. Es como el trabajo de sutura de una herida, los hilos que cosen la carne se tocan, se hablan, se untan de la misma sangre de la misma piel rasgada. La piel rasgada, es la piel colectiva de un territorio común. Es la piel fotosensible de quien ve la película. Es una piel con una des-historia impresa, una marca violenta.

Justo antes de la corta secuencia de créditos, aparece un fragmento del escritor Gonzalo Arango. Como si se tratara de un destino inescapable, como la carta de La torre en una lectura de tarot. El terror que deviene en naturaleza, el despojo que invita a correr y correr y correr y correr, hacen de este largometraje una pieza móvil, convulsa. Unos músculos erráticos que cada tanto se mueven como por impulso eléctrico y casi incontrolable. Como una catarata de agua que cae y sigue cayendo y sigue cayendo.

Sé, porque nací y vivo en el país del pasaje de Gonzalo Arango, que el viaje en LOS CONDUCTOS no termina nunca. Siempre vuelvo, al agujero del páramo donde brota un río, a la herida de Pinky, al agujero en el suelo de alguna calle de París y al túnel. Siempre en la misma habitación envuelta en llamas. Viajé mucho, y sin embargo, no me detuve en ningún lugar.

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