Por Grecia Juárez desde México | Cobertura Colaborativa

Hay momentos inevitables llenos de incomodidad, como cuando conoces a alguien, pero no logras conectar o simplemente no entiendes su dinámica personal, pero quieres ser educado y no quedar mal, entonces fluyes con la situación y tratas de adaptarte. Algo así es lo que le pasa a Paco, cuando acompaña a su novia Luisa a ver a sus papás un fin de semana. 

El encuentro de Paco con el hermano de Luisa, no es el más cómodo; tampoco lo es el que le sigue, cuando se terminan los cigarros en la tienda y trata de comprárselos a un extraño que lo termina estafando. Ese es el punto, en Fauna nadie responde como se espera, ni los protagonistas, ni el hilo de la historia, ni la propia forma de narrar. 

Llena de situaciones absurdas, de las que su propio protagonista se ríe con incomodidad porque, después de todo, ¿cómo se puede reaccionar cuando un hombre mayor se niega a venderte sus cigarros o cuando te piden que les actúes tu papel de una serie de televisión, mientras pensabas que solo ibas a tomar una cerveza? FAUNA va sobre representaciones, a veces sacadas de contexto, como el diálogo de Narcos que Paco interpreta en la cantina. La seriedad impresa en esas escenas,  es lo que permite pasar del nerviosismo a una risa autentica por lo hilarante de la situación.

Se espera que el papá sea amable y no lo es; parece que la madre de Luisa no tiene idea de la actuación y termina interpretando mejor que su hija el monólogo de Sonata de otoño (Ingmar Bergman, 1978); pensamos que una conversación en torno a un libro se quedará solo ahí, pero no, la narrativa se atreve a jugar con la estructura, metiéndonos en una historia dentro de la historia, que se cuenta a través de actores interpretando a actores. Las interpretaciones se quitan el adorno de las grandes producciones, y seguimos sumergidos en una especie de caleidoscopio. 

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