Por Esmeralda Reynoth desde Argentina | Cobertura colaborativa.

En esta película Sappia delinea una cartografía de la memoria, una autopsia a la historia de Jorge Bonino —arquitecto, actor, humorista—. En su poética la imagen se transpone como un recorte, las voces narran recuerdos inconclusos o inventados, la música de forma sutil colorea la sensación del viaje que deviene en misterio: acaso el policial del homicidio de la locura.

Nadie se pregunta quién es Bonino, porque de él, parece que se sabía mucho. El  «dicen que» marca la prosa de algunas notas, y su diario se convierte en alegorías, en recuerdos de postales de viaje y de una Córdoba que aparece en el fondo, fragmentada.

Bonino y al mismo tiempo la película, están hechos de bancos, puentes, pasajes y callecitas; cuya disección de tejido orgánico se va reconstruyendo y estudiando. A Bonino le pasó ser él y un personaje de sí mismo, que tuvo la capacidad de producir un estremecimiento físico no sólo para sí mismo, sino sobre aquellos que le vieron patear su angustia. 

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